sábado 2 de enero de 2010
domingo 13 de diciembre de 2009
lunes 9 de noviembre de 2009
UNO MÁS
Fueron noches tentativas las de aquella temporada. Sus estrellas inducían beber de los cántaros que se me entregaban colmados en los bares, pero el dinero no fue mi amigo de aquellos tiempos. Sólo tenía mi moneda de la suerte y... ¡Maldición! Necesitaba un vaso con algún contenido volátil.
Entonces, volteé instintivamente y vi a esa mujer que vestía muestras de indecencia. Su vestido rojo, salpicado de negro, hacía que el viento la siguiera y los hombres se ahuyentaran: intimidante. Llevaba un bolso de fieltro, se veía recargado. Imaginé el lápiz labial y las sombras dibujando en su rostro sonrisas, seducción, libertad.
Detrás de un arbusto, la espiaba, la consumía, la… Esperé a que los transeúntes se dispersaran hasta que la hallé sola, con expectativas de amor. La abordé saludándola. Me cogió de la mano y empezó a acariciarme el pecho a la vez que me explicaba en qué consistían sus servicios. Acepté, impasible. Me dijo que siempre cobraba por adelantado. Nos dirigimos a mi cuarto, desordenado, sucio, no se asustó: parecía acostumbrada a cosas peores. Insistía con lo del dinero. Le informé que le pagaría luego.
***
– No tengo muy claro lo que pasó. Una hora después me hallaba corriendo como perseguido. Me senté en la banca de un parque, exhausto, con los bolsillos del pantalón abultados. ¿Qué es esto?, me pregunté. Saqué todo lo que había dentro: un mechón de cabellos rojos, unos cosméticos y algunos billetes. En mis mangas, en mi camisa, había rastros de sangre…
Jaime, por favor, eso paso hace dos años. No me mires así y... Y tráeme uno más.
***
El cantinero se dirigió al mostrador, cogió la botella de whisky y llenó el cuarto vaso.
Entonces, volteé instintivamente y vi a esa mujer que vestía muestras de indecencia. Su vestido rojo, salpicado de negro, hacía que el viento la siguiera y los hombres se ahuyentaran: intimidante. Llevaba un bolso de fieltro, se veía recargado. Imaginé el lápiz labial y las sombras dibujando en su rostro sonrisas, seducción, libertad.
Detrás de un arbusto, la espiaba, la consumía, la… Esperé a que los transeúntes se dispersaran hasta que la hallé sola, con expectativas de amor. La abordé saludándola. Me cogió de la mano y empezó a acariciarme el pecho a la vez que me explicaba en qué consistían sus servicios. Acepté, impasible. Me dijo que siempre cobraba por adelantado. Nos dirigimos a mi cuarto, desordenado, sucio, no se asustó: parecía acostumbrada a cosas peores. Insistía con lo del dinero. Le informé que le pagaría luego.
***
– No tengo muy claro lo que pasó. Una hora después me hallaba corriendo como perseguido. Me senté en la banca de un parque, exhausto, con los bolsillos del pantalón abultados. ¿Qué es esto?, me pregunté. Saqué todo lo que había dentro: un mechón de cabellos rojos, unos cosméticos y algunos billetes. En mis mangas, en mi camisa, había rastros de sangre…
Jaime, por favor, eso paso hace dos años. No me mires así y... Y tráeme uno más.
***
El cantinero se dirigió al mostrador, cogió la botella de whisky y llenó el cuarto vaso.
sábado 7 de noviembre de 2009
Pecadores
A Oswaldo Reynoso
Una paloma sucia, de cuervo aspecto, pluma eriza, pico tinto, hala con su alita smog a su regazo; ojitos inquietos, puntos, torcidos, mira desde lo alto, posada en la cruz de la iglesia, árboles, putos, mojigatas, hormigas, partidos de fútbol, viejos seduciendo a niñas, niñas aceptando gozosas; y también, lo que ocurre al otro lado del mundo.
Lo ve, lo ves todo, no alces vuelo, picotea el viento, el clima, pecados.
-Ave María Purísima –cura, curísima, sereno, solicita respuesta.
-He pecado… peco… lo sigo haciendo, incluso ahora, en estos momentos… –irrumpe, caballazo, el Penitente.
-Ave María Purísima –insiste.
-Es que Padre, ¿no me ha escuchado?
-¿Hace cuánto no vienes a confesarte?
-Hace mucho, tal vez diez años…
-Entiendo, me deberías responder SIN PECADO CONCEBIDA.
-¿Responderle? Pero usted no me ha preguntado nada –extrañado, no hables tan fuerte, nadie te ataca.
-Ave María Purísima –reinsiste.
-¿Sin pecado concebida?
-Así es.
-No entiendo – ofuscado, Penitente confundido.
-María fue sin pecado concebida –profesor, cura, didáctico.
-Eso no lo creo. ¡Empezamos mal! –baja la voz, tranquilito, por favor.
-Hijo, ¿por qué dices eso?
-¡Todos pecamos!
-El Espíritu Santo no peca.
-No importa, yo sí: ¡he pecado, peco y temo que seguiré pecando…! –¡y sigues exaltándote!
-Está bien, olvidemos por un momento a…
-Padre, esto es confidencial, ¿no? –desconfiado, bajito, por si acaso.
-Sí, hijo, todo lo que se dice aquí, se queda aquí…
-Parece policía…–sí, susurra.
-¿Qué?
-No, nada.
-Está bien… Repito: lo que acá se diga sólo lo sabremos nosotros y, por supuesto, Dios.
-Bien.
-Cuéntame.
-Está bien… Hace mucho tengo pensamientos malos y temo que algún día los haga realidad… Sé que son malos, sé que son malos… –recriminádose, flagelos de azufre.
-¿Pensamientos de envidia? ¿Quieres lo que tiene tu prójimo? –¿atinas o no?
-Sí… bueno, no… ¿Eso no es normal? –shhh, shhh, no te alteres, te despeinas.
-Claro que no, no es bueno, si piensas en que le pase algo a alguien sólo para verlo despojado de alguna pertenencia, o si haces algo para apoderarte de algo ajeno… -… qué aburrido se puso este personaje.
-Mire, eso es normal. He hecho lo que acaba de decir y si es pecado no me importa, eso no es lo que me atormenta. –así me gusta, ya me empiezas a caer mejor. Córtalo, siléncialo.
-… ¿Eres soberbio? ¿No crees en Dios, sólo crees en ti?
-No.
-Entonces… ¿te gusta el juego? ¿Apuestas? –por favor, cura, basta de adivinanzas.
-No –enfático, con carácter, buen pecador.
-Entonces…
-Mejor yo le digo –resoplando, aburrido, pero no te vayas, aún hay historia.
-Cuéntame.
-Me gusta mi sobrina.
-¡Pecado de lujuria! -¡bingo!
-Sí, soy lujurioso… pero sólo con ella, eso se lo juro, sólo tengo ojos para ella.
-¿Sólo ojos?
-¿Qué quiere decir?
-Tú ya sabes –guiño de ojo, cómplice.
-… Sí, pero sólo en pensamientos… en pensamientos…
-No sólo en pensamientos, hijo, has hecho algo más.
-¿Y usted cómo sabe?… Bueno, sí, he sido impúdico, me he…
-Cuéntame -respiración ligeramente agitada, ¿es que no te puedes controlar?
Palomita carquienta preñada de cuervo. Hace viento. Tus plumas en piel de gallina, intuyen, huelen lo que sucede en el llano, abajo, en el cuartito de los pecados, te balanceas, serena, esperando.
- Me he tocado indebidamente.
-Qué bien… Cuéntame –mmm…
-¿Perdón?
-Que me… -titubea, retráctate, ahora, ¡ya!-: que me digas que es lo que te atormenta.
-¿No se lo acabo de decir?… ¡Ah, no!, claro que no… no del todo… ella es mi sobrinita.
-¿Sobrinita? Al parecer le tienes mucho cariño.
-Sí, ¡en ella pienso y en ella vivo!… pero es mi sobrinita… tiene nueve años –pecador: ¡lindo pecado!
-¡Qué! –severo, es que es cura.
-Eso es lo que me atormenta, Padre… no puedo seguir viviendo así, hace años que la llevo en mi corazón…
-¿Cuántos?
-Dos años.
-Hijo, esto es grave… una niñita de siete años.
-Nueve, Padre.
-Pero desde los siete ya te habías fijado en ella… ¡pobre niña!
-Sí, es cierto. ¡Pobre de ella y pobre de mí!
-Pobre de ti, hijo, pero Dios todo lo perdona
-No creo que pueda perdonarme.
-Claro que sí, ¿por qué crees que has venido aquí?
-Para… necesitaba contárselo a alguien…
-Entiendo, hijo, pero necesito que me cuentes más –cardenal, padrecito, curita, lo que seas (ni a mí me importa): ¡Picarón!
-¿Más? ¡Ya le he contado todo! –ahora sí, exáltate, te lo mereces.
-¿Nunca le has puesto un dedo encima? –escrutador, con lupa, casi policial.
Palomita todopoderosa, avecita mendiga, sabia, piojosa, abuela, con peinado parado, llena de frío. ¿Qué te parece esto? La conversación de los dos hombres de abajo…Claro, tú no hablas con un mortal, sigue picoteando fantasmas, coquetea con los palomos: ¡Sabidazo! (es que es Dios).
-No, no… pero algún día temo…
-No, hijo, te ayudaré a que eso desaparezca -¿ah, sí?
-Gracias, gracias Padre.
-¿Le has mandado cartas de amor? –¿continúas con esos detalles?
-No.
-¿Regalos? –¿y sigues?
-Claro, en su cumpleaños, en todos.
-¿Has estado con ella a solas? –pero, curita, por favor.
-Por supuesto, soy su tío a pesar de todo, a veces juego con ella.
-¿Juegas con ella? –alargando las palabras. ¡Dios!
-Padre, no me hable de esa manera, por favor.
-¿Qué han jugado? –¿¡quién puede con éste?!
-A las escondidas.
-¿Sólo eso? -…
-Sí, sólo eso, y sí, cuando la encontraba la abrazaba…-desconsolado, pobrecito- Ay, Dios, ¡qué me espera!
-Y luego, cuando la soltabas… Porque la soltabas al instante, ¿no?
-Pero… pero… claro que sí.
-Cuando la soltabas… la dejabas ir…
-Por supuesto.
-Y cuando estabas solo, tú…
-Sí, Padre, sí, no siga… hacía actos impuros.
-Me lo esperaba, me lo esperaba…-ansioso, con ganas, hartas-:Cuéntame.
por qué se demorarán tanto ya van como veinte minutos ni que una fuera qué una buena cristiana como yo cuenta sus pecaditos en cinco minutos y listo desde chiquita fue así mi madre me dijo los dices rápido para que los que están en la cola no crean que eres una diabólica que tiene miles de pecados que contar que pensarán esta chiquita al infierno directo se va no ni pensarlo así que cinco minutitos y ya para qué más pero este muchachito que entró tenía una facha un aspecto no sé de qué pero algo tenía en la mirada yo sé cómo son por algo soy vieja y éste con su sonrisa viendo el confesionario pero ay señor maría y josé ya mucho rato me voy a quejar con el cura anselmo tan buenito blanco y español él que se habrán creído me voy me voy.
-¡Contarle qué!… Me tocaba, pensaba en ella.
-Cuéntame más.-caliente, caliente, infierno.
-Es que usted… ¿qué quiere? ¿Detalles?
-Sí… –arrepentido (¡Arrepiéntete!), se rectifica-:No, hijo, no… tu caso es grave.
-Pero me dijo que Dios todo lo perdona.
-Eso no lo hace menos grave, peligroso.
-¿Peligroso? –ojo y ojo abiertazos.
-Puedes acabar mal.
-¿En la cárcel? ¿A eso se refiere? ¿Es usted un policía infiltrado? –casi casi gritando, casi.
-No, no, descuida, sólo soy un cura… pero sí, puedes acabar allá, y tú no quieres ayudarte.
-¿Que no quiero ayudarme?
-No me quieres contar.
-¡¿Contarle qué!?
-Cómo hacías… –con arrepentimiento celestial, se vuelve a rectificar-: No, olvídalo, pasemos a la penitencia. Pero acá no.
-¿Dónde entonces?
-En la misma iglesia, en mi oficina.
-Bueno… está bien, bien, vamos.
Ambos caminan despacio. ¿Bonita la iglesia, no?, estos jardines son bellísimos, suelo sentarme en la bancas a meditar un rato… ¿La oficina?, está aquí nomás… este es un lugar donde se puede respirar paz, ¿no lo crees? Un capellán los ve. Aceleran el paso. El cura no quiere más rumores sobre su vida.
La paloma grazna, trina, muge, todapoderosa, hace lo que quiere. Los sigue, atenta.
Ingresan al cuarto, oficina, hostal. Un escritorio parroquial, pagado con limosnas, feo, se extiende como puta encamada, abierta, en el centro del cubículo de tres por tres. Paredes color verde hospital, un cuadrito amanerado de fondo rosa. Una cruz pende, crucificada, con ayuda de un clavo oxidado, misia.
-Toma asiento –amistoso, florida voz.
-Gracias –serio, nomás (mantente así).
-Tú no debes sobrepasar los veintidós años –enfocándolo, movidita aprobatoria de cabeza.
-Tengo veintiuno.
-¡Veintiún añitos! Es una linda edad –¡ya te quemaste! ¿”Linda”?…
-No en mis circunstancias.
-¡Oh! Sí, claro, tu sobrina, tu sobrinita…
-Me trajo aquí por la penitencia, ¿qué debo hacer?
-Hijo, es una situación difícil.
El cura, diestro para embuchar la hostia en hocicos halitosos y darle PLAY a la película con una trinidad de equis, coloca su sagrada mano sobre la del Penitente.
-Pero… ¿qué hace? –desconcertado. ¿Qué pasará?
Este acto ocasionó un terremoto de ocho grados en Tokyo, el divorcio de mis tatarabuelos, el nacimiento de un asesino en serie (en Los Ángeles), la extinción de las ballenas y -no todo es maldad en la Tierra-, que un humilde microcomercializador de cocaína se ganara la lotería más cuantiosa que se haya registrado en el Perú: La paloma sucia todo lo puede.
-Hijo, lo de tu sobrina es algo grave.
-¡Eso ya lo sé! –exclama, a la vez que se zafa de la vaticana mano.
-En estos casos –dice, muy tranquilo, casi dopado- hijo, la penitencia es sencilla, reza treinta Padre Nuestros, veinte Ave Marías… –se pone de pie, persuasivo, como él solo, le pica las manos, le pica el beso– Y… ven, deja que te dé un abrazo…
-¡¿Qué?! ¡Usted…! –se pone de pie, instintivamente, veloz resorte– ¡Váyase al diablo… –señala el crucifijo– Usted y su Dios!
-No te enojes, no te enojes –titubea, ¡Dios!, ¿y ahora?– ven… no te vayas. Será nuestro secreto…
En la calle, cielo, puros hematomas pardos, tarde. Callecita adornada con casas blancas, idénticas, algunas –todas– tempestuosas por dentro, cosa que no nos incumbe, olvidémoslo. Tránsito manso. Un loco, trastorno incipiente, jovencito, desvalija un carro estacionado, tranquilo, con su pucho en la boca, bacanazo.
El ave-paloma-cuervo-dios, se apretuja con dos palomos, en la cúpula, en la cruz, ya toca el cielo. Pero curiosa, sigue atenta a todo.
El Penitente se encuentra con su amigo, el del trato.
-¿¿¿Y??? ¿¿¿Ya??? –entusiasmado, la sonrisa se le sale de la cara, gorda, de los cachetazos.
-¡Me tienes que dar un Óscar, ni yo lo hubiera hecho mejor! –animoso, el Penitente, sin modestia aparte.
-¿Lo grabaste? –ojazos, sorpresa, suelta la risotada.
-Todo. Tengo el cassette en mi casa, en un rato te lo traigo.
-¡Genial! ¿Le dijiste todo, pedófilo de porquería? -carcajea. Le da una palmada en la espalda, agradecida, santa.
-Todo, luego me quiso dar de penitencia un abrazo –ríe, también.
-Sí, sabía que se propasaría cuando le contaras lo de tu sobrinita imaginaria –y sigue con la risa.
-¿Y cómo sabías? –entrecierra los ojos, jovial, escudriñador, Sherlock Holmes –. ¿No era sólo una broma?
-¡Claro! ¿Qué más va a ser? –alerta, piensa, calladito–:¿Que cómo lo sabía? Hace dos malditos años mi penitencia no fue sólo un abrazo…
-Bueno, no importa ya, ¿me pagas?
-Claro, te lo ganaste, ten tus veinte soles.
-Cuando quieras, amigo, en mí tienes un actor dispuesto a todo… Bueno, con tal que no me exijas abrazar a un cura, todo bien –coro de risas.
-Excelente, anda tráeme lo que grabaste, ¿sí? Ven rápido –. Mientras el Penitente se va, el amigo ve con obsesión a un perro chusco y habla solo, quedo, nadie: Ahora te pudrirás en la cárcel, curita…
Minutos interminables, antihorarios, pasan, regresan, se van, no llegan. El amigo del Penitente se inquieta, piensa, reza. ¿A qué hora viene este huevón?, ya han pasado diez minutos. ¿Es ése? Sí, ahí viene. No, no es él. Veinte minutos después llega. ¡Al fin!, ¿por qué tanto…?
-Sí, disculpa, se me presentaron unos problemas, tú sabes.
-Bueno, ya, ya, ¿la grabación?
-Mira, la verdad es que veinte soles me son insuficientes –serio, cruel- necesito doscientos.
-¿Ah?
-Ahora –severo, irreconocible.
-No sé qué broma es esta –lo mira extrañado, pizca de miedo–, pero no me gusta nada tu tonito.
-No hay broma acá, desde que me propusiste hacerle esto al cura supe de qué se trataba todo. Tus gestos, tu presión para que vaya cuanto antes, todo, todo. –tranquilito, enciende un cigarro.
Quedaron pendientes ciertas cosas en la oficina-burdel. El hombre de blanco, Doctor en pedofilia, pederastía (aplicadas) y catador desmedido de vinos, duda, se le chorrea la sotana. ¡Ahora pues!
-Será nuestro secreto… toma asiento, toma asiento por favor…
-Secreto, secreto… –siempre de pie–, Padrecito, le voy a contar un secreto: He grabado toda nuestra conversación. Y ahora mismo voy a dársela a un amigo, no sé para qué la quiere, supongo que la llevará a la policía –lo ve de soslayo– Como sea, me va a pagar.
-¿Qué amigo? ¿Pero por qué haría eso?
-No le importa. ¿Es que acaso no lo sospecha?
-Claro que no… ¿Cuánto te va a dar?
-Veinte soles –sonrisa ladeada.
-Dame esa grabación y te doy doscientos ahora mismo. –presuroso, sudado, divinamente asustado.
-Qué bien, eso me esperaba. A ver el dinero.
-¡Dios!… –saca el dinero del cajón de su escritorio. Resignado–: Ten.
-Ten –le da la grabación, impasible. Sonríe-: Hombrecito religioso –sale del cuarto.
Calle otra vez. Un transeúnte pasa y el loco, trastornado, mesías, le pide, educadísimo, casi en francés, un sencillo, un billetito, sus zapatillas son muy bonitas, mire las mías, ¿le parece justo?, ¿no le parece injusto, señor?, por favor, contaré hasta tres para que se las quite y me las entregue, si no, me veré obligado a hacer algo desagradable con usted y con su famila, sé dónde vive, perdón, su linda niñita ¿es de cinco o seis años?… así me gusta, qué amable es, gracias, hasta luego. ¡¡Un mesías!!
Empieza a llover. Los coágulos pardos sobre el cielo son absorbidos por la marea negra, techo, altura.
La paloma sucia se lava con las aguas del cielo. Se torna blanca, blanquísima, no se le puede ver directamente: deja ciego.
Echa vuelo, todo lo sabe, todo lo sabes. Yo, no.
-¡¿Mmm!? –echa una bocanada ceniza. Embaucadora, voz fuerte–: Mis doscientos soles.
-No me puedes –rostro descompuesto, ajado–, hacer esto…
-Vamos, vamos, sin dramas, dame la plata.
-¡Maldito…!
-Gracias –sonríe.
-¡Dios!… –saca el dinero de su bolsillo. Resignado–: Ten.
-Ten –le da la grabación, impasible. Sonríe-: Amiguito –se va, feliz.
El amigo del Penitente escucha la grabación:
“No volveré a cometer la torpeza
de perder la cabeza por una promesa o algo peor
que sale mejor en la foto el más sospechoso de los invitados…
eso es
irremediablemente cotidiano”
21.11.08.
Una paloma sucia, de cuervo aspecto, pluma eriza, pico tinto, hala con su alita smog a su regazo; ojitos inquietos, puntos, torcidos, mira desde lo alto, posada en la cruz de la iglesia, árboles, putos, mojigatas, hormigas, partidos de fútbol, viejos seduciendo a niñas, niñas aceptando gozosas; y también, lo que ocurre al otro lado del mundo.
Lo ve, lo ves todo, no alces vuelo, picotea el viento, el clima, pecados.
-Ave María Purísima –cura, curísima, sereno, solicita respuesta.
-He pecado… peco… lo sigo haciendo, incluso ahora, en estos momentos… –irrumpe, caballazo, el Penitente.
-Ave María Purísima –insiste.
-Es que Padre, ¿no me ha escuchado?
-¿Hace cuánto no vienes a confesarte?
-Hace mucho, tal vez diez años…
-Entiendo, me deberías responder SIN PECADO CONCEBIDA.
-¿Responderle? Pero usted no me ha preguntado nada –extrañado, no hables tan fuerte, nadie te ataca.
-Ave María Purísima –reinsiste.
-¿Sin pecado concebida?
-Así es.
-No entiendo – ofuscado, Penitente confundido.
-María fue sin pecado concebida –profesor, cura, didáctico.
-Eso no lo creo. ¡Empezamos mal! –baja la voz, tranquilito, por favor.
-Hijo, ¿por qué dices eso?
-¡Todos pecamos!
-El Espíritu Santo no peca.
-No importa, yo sí: ¡he pecado, peco y temo que seguiré pecando…! –¡y sigues exaltándote!
-Está bien, olvidemos por un momento a…
-Padre, esto es confidencial, ¿no? –desconfiado, bajito, por si acaso.
-Sí, hijo, todo lo que se dice aquí, se queda aquí…
-Parece policía…–sí, susurra.
-¿Qué?
-No, nada.
-Está bien… Repito: lo que acá se diga sólo lo sabremos nosotros y, por supuesto, Dios.
-Bien.
-Cuéntame.
-Está bien… Hace mucho tengo pensamientos malos y temo que algún día los haga realidad… Sé que son malos, sé que son malos… –recriminádose, flagelos de azufre.
-¿Pensamientos de envidia? ¿Quieres lo que tiene tu prójimo? –¿atinas o no?
-Sí… bueno, no… ¿Eso no es normal? –shhh, shhh, no te alteres, te despeinas.
-Claro que no, no es bueno, si piensas en que le pase algo a alguien sólo para verlo despojado de alguna pertenencia, o si haces algo para apoderarte de algo ajeno… -… qué aburrido se puso este personaje.
-Mire, eso es normal. He hecho lo que acaba de decir y si es pecado no me importa, eso no es lo que me atormenta. –así me gusta, ya me empiezas a caer mejor. Córtalo, siléncialo.
-… ¿Eres soberbio? ¿No crees en Dios, sólo crees en ti?
-No.
-Entonces… ¿te gusta el juego? ¿Apuestas? –por favor, cura, basta de adivinanzas.
-No –enfático, con carácter, buen pecador.
-Entonces…
-Mejor yo le digo –resoplando, aburrido, pero no te vayas, aún hay historia.
-Cuéntame.
-Me gusta mi sobrina.
-¡Pecado de lujuria! -¡bingo!
-Sí, soy lujurioso… pero sólo con ella, eso se lo juro, sólo tengo ojos para ella.
-¿Sólo ojos?
-¿Qué quiere decir?
-Tú ya sabes –guiño de ojo, cómplice.
-… Sí, pero sólo en pensamientos… en pensamientos…
-No sólo en pensamientos, hijo, has hecho algo más.
-¿Y usted cómo sabe?… Bueno, sí, he sido impúdico, me he…
-Cuéntame -respiración ligeramente agitada, ¿es que no te puedes controlar?
Palomita carquienta preñada de cuervo. Hace viento. Tus plumas en piel de gallina, intuyen, huelen lo que sucede en el llano, abajo, en el cuartito de los pecados, te balanceas, serena, esperando.
- Me he tocado indebidamente.
-Qué bien… Cuéntame –mmm…
-¿Perdón?
-Que me… -titubea, retráctate, ahora, ¡ya!-: que me digas que es lo que te atormenta.
-¿No se lo acabo de decir?… ¡Ah, no!, claro que no… no del todo… ella es mi sobrinita.
-¿Sobrinita? Al parecer le tienes mucho cariño.
-Sí, ¡en ella pienso y en ella vivo!… pero es mi sobrinita… tiene nueve años –pecador: ¡lindo pecado!
-¡Qué! –severo, es que es cura.
-Eso es lo que me atormenta, Padre… no puedo seguir viviendo así, hace años que la llevo en mi corazón…
-¿Cuántos?
-Dos años.
-Hijo, esto es grave… una niñita de siete años.
-Nueve, Padre.
-Pero desde los siete ya te habías fijado en ella… ¡pobre niña!
-Sí, es cierto. ¡Pobre de ella y pobre de mí!
-Pobre de ti, hijo, pero Dios todo lo perdona
-No creo que pueda perdonarme.
-Claro que sí, ¿por qué crees que has venido aquí?
-Para… necesitaba contárselo a alguien…
-Entiendo, hijo, pero necesito que me cuentes más –cardenal, padrecito, curita, lo que seas (ni a mí me importa): ¡Picarón!
-¿Más? ¡Ya le he contado todo! –ahora sí, exáltate, te lo mereces.
-¿Nunca le has puesto un dedo encima? –escrutador, con lupa, casi policial.
Palomita todopoderosa, avecita mendiga, sabia, piojosa, abuela, con peinado parado, llena de frío. ¿Qué te parece esto? La conversación de los dos hombres de abajo…Claro, tú no hablas con un mortal, sigue picoteando fantasmas, coquetea con los palomos: ¡Sabidazo! (es que es Dios).
-No, no… pero algún día temo…
-No, hijo, te ayudaré a que eso desaparezca -¿ah, sí?
-Gracias, gracias Padre.
-¿Le has mandado cartas de amor? –¿continúas con esos detalles?
-No.
-¿Regalos? –¿y sigues?
-Claro, en su cumpleaños, en todos.
-¿Has estado con ella a solas? –pero, curita, por favor.
-Por supuesto, soy su tío a pesar de todo, a veces juego con ella.
-¿Juegas con ella? –alargando las palabras. ¡Dios!
-Padre, no me hable de esa manera, por favor.
-¿Qué han jugado? –¿¡quién puede con éste?!
-A las escondidas.
-¿Sólo eso? -…
-Sí, sólo eso, y sí, cuando la encontraba la abrazaba…-desconsolado, pobrecito- Ay, Dios, ¡qué me espera!
-Y luego, cuando la soltabas… Porque la soltabas al instante, ¿no?
-Pero… pero… claro que sí.
-Cuando la soltabas… la dejabas ir…
-Por supuesto.
-Y cuando estabas solo, tú…
-Sí, Padre, sí, no siga… hacía actos impuros.
-Me lo esperaba, me lo esperaba…-ansioso, con ganas, hartas-:Cuéntame.
por qué se demorarán tanto ya van como veinte minutos ni que una fuera qué una buena cristiana como yo cuenta sus pecaditos en cinco minutos y listo desde chiquita fue así mi madre me dijo los dices rápido para que los que están en la cola no crean que eres una diabólica que tiene miles de pecados que contar que pensarán esta chiquita al infierno directo se va no ni pensarlo así que cinco minutitos y ya para qué más pero este muchachito que entró tenía una facha un aspecto no sé de qué pero algo tenía en la mirada yo sé cómo son por algo soy vieja y éste con su sonrisa viendo el confesionario pero ay señor maría y josé ya mucho rato me voy a quejar con el cura anselmo tan buenito blanco y español él que se habrán creído me voy me voy.
-¡Contarle qué!… Me tocaba, pensaba en ella.
-Cuéntame más.-caliente, caliente, infierno.
-Es que usted… ¿qué quiere? ¿Detalles?
-Sí… –arrepentido (¡Arrepiéntete!), se rectifica-:No, hijo, no… tu caso es grave.
-Pero me dijo que Dios todo lo perdona.
-Eso no lo hace menos grave, peligroso.
-¿Peligroso? –ojo y ojo abiertazos.
-Puedes acabar mal.
-¿En la cárcel? ¿A eso se refiere? ¿Es usted un policía infiltrado? –casi casi gritando, casi.
-No, no, descuida, sólo soy un cura… pero sí, puedes acabar allá, y tú no quieres ayudarte.
-¿Que no quiero ayudarme?
-No me quieres contar.
-¡¿Contarle qué!?
-Cómo hacías… –con arrepentimiento celestial, se vuelve a rectificar-: No, olvídalo, pasemos a la penitencia. Pero acá no.
-¿Dónde entonces?
-En la misma iglesia, en mi oficina.
-Bueno… está bien, bien, vamos.
Ambos caminan despacio. ¿Bonita la iglesia, no?, estos jardines son bellísimos, suelo sentarme en la bancas a meditar un rato… ¿La oficina?, está aquí nomás… este es un lugar donde se puede respirar paz, ¿no lo crees? Un capellán los ve. Aceleran el paso. El cura no quiere más rumores sobre su vida.
La paloma grazna, trina, muge, todapoderosa, hace lo que quiere. Los sigue, atenta.
Ingresan al cuarto, oficina, hostal. Un escritorio parroquial, pagado con limosnas, feo, se extiende como puta encamada, abierta, en el centro del cubículo de tres por tres. Paredes color verde hospital, un cuadrito amanerado de fondo rosa. Una cruz pende, crucificada, con ayuda de un clavo oxidado, misia.
-Toma asiento –amistoso, florida voz.
-Gracias –serio, nomás (mantente así).
-Tú no debes sobrepasar los veintidós años –enfocándolo, movidita aprobatoria de cabeza.
-Tengo veintiuno.
-¡Veintiún añitos! Es una linda edad –¡ya te quemaste! ¿”Linda”?…
-No en mis circunstancias.
-¡Oh! Sí, claro, tu sobrina, tu sobrinita…
-Me trajo aquí por la penitencia, ¿qué debo hacer?
-Hijo, es una situación difícil.
El cura, diestro para embuchar la hostia en hocicos halitosos y darle PLAY a la película con una trinidad de equis, coloca su sagrada mano sobre la del Penitente.
-Pero… ¿qué hace? –desconcertado. ¿Qué pasará?
Este acto ocasionó un terremoto de ocho grados en Tokyo, el divorcio de mis tatarabuelos, el nacimiento de un asesino en serie (en Los Ángeles), la extinción de las ballenas y -no todo es maldad en la Tierra-, que un humilde microcomercializador de cocaína se ganara la lotería más cuantiosa que se haya registrado en el Perú: La paloma sucia todo lo puede.
-Hijo, lo de tu sobrina es algo grave.
-¡Eso ya lo sé! –exclama, a la vez que se zafa de la vaticana mano.
-En estos casos –dice, muy tranquilo, casi dopado- hijo, la penitencia es sencilla, reza treinta Padre Nuestros, veinte Ave Marías… –se pone de pie, persuasivo, como él solo, le pica las manos, le pica el beso– Y… ven, deja que te dé un abrazo…
-¡¿Qué?! ¡Usted…! –se pone de pie, instintivamente, veloz resorte– ¡Váyase al diablo… –señala el crucifijo– Usted y su Dios!
-No te enojes, no te enojes –titubea, ¡Dios!, ¿y ahora?– ven… no te vayas. Será nuestro secreto…
En la calle, cielo, puros hematomas pardos, tarde. Callecita adornada con casas blancas, idénticas, algunas –todas– tempestuosas por dentro, cosa que no nos incumbe, olvidémoslo. Tránsito manso. Un loco, trastorno incipiente, jovencito, desvalija un carro estacionado, tranquilo, con su pucho en la boca, bacanazo.
El ave-paloma-cuervo-dios, se apretuja con dos palomos, en la cúpula, en la cruz, ya toca el cielo. Pero curiosa, sigue atenta a todo.
El Penitente se encuentra con su amigo, el del trato.
-¿¿¿Y??? ¿¿¿Ya??? –entusiasmado, la sonrisa se le sale de la cara, gorda, de los cachetazos.
-¡Me tienes que dar un Óscar, ni yo lo hubiera hecho mejor! –animoso, el Penitente, sin modestia aparte.
-¿Lo grabaste? –ojazos, sorpresa, suelta la risotada.
-Todo. Tengo el cassette en mi casa, en un rato te lo traigo.
-¡Genial! ¿Le dijiste todo, pedófilo de porquería? -carcajea. Le da una palmada en la espalda, agradecida, santa.
-Todo, luego me quiso dar de penitencia un abrazo –ríe, también.
-Sí, sabía que se propasaría cuando le contaras lo de tu sobrinita imaginaria –y sigue con la risa.
-¿Y cómo sabías? –entrecierra los ojos, jovial, escudriñador, Sherlock Holmes –. ¿No era sólo una broma?
-¡Claro! ¿Qué más va a ser? –alerta, piensa, calladito–:¿Que cómo lo sabía? Hace dos malditos años mi penitencia no fue sólo un abrazo…
-Bueno, no importa ya, ¿me pagas?
-Claro, te lo ganaste, ten tus veinte soles.
-Cuando quieras, amigo, en mí tienes un actor dispuesto a todo… Bueno, con tal que no me exijas abrazar a un cura, todo bien –coro de risas.
-Excelente, anda tráeme lo que grabaste, ¿sí? Ven rápido –. Mientras el Penitente se va, el amigo ve con obsesión a un perro chusco y habla solo, quedo, nadie: Ahora te pudrirás en la cárcel, curita…
Minutos interminables, antihorarios, pasan, regresan, se van, no llegan. El amigo del Penitente se inquieta, piensa, reza. ¿A qué hora viene este huevón?, ya han pasado diez minutos. ¿Es ése? Sí, ahí viene. No, no es él. Veinte minutos después llega. ¡Al fin!, ¿por qué tanto…?
-Sí, disculpa, se me presentaron unos problemas, tú sabes.
-Bueno, ya, ya, ¿la grabación?
-Mira, la verdad es que veinte soles me son insuficientes –serio, cruel- necesito doscientos.
-¿Ah?
-Ahora –severo, irreconocible.
-No sé qué broma es esta –lo mira extrañado, pizca de miedo–, pero no me gusta nada tu tonito.
-No hay broma acá, desde que me propusiste hacerle esto al cura supe de qué se trataba todo. Tus gestos, tu presión para que vaya cuanto antes, todo, todo. –tranquilito, enciende un cigarro.
Quedaron pendientes ciertas cosas en la oficina-burdel. El hombre de blanco, Doctor en pedofilia, pederastía (aplicadas) y catador desmedido de vinos, duda, se le chorrea la sotana. ¡Ahora pues!
-Será nuestro secreto… toma asiento, toma asiento por favor…
-Secreto, secreto… –siempre de pie–, Padrecito, le voy a contar un secreto: He grabado toda nuestra conversación. Y ahora mismo voy a dársela a un amigo, no sé para qué la quiere, supongo que la llevará a la policía –lo ve de soslayo– Como sea, me va a pagar.
-¿Qué amigo? ¿Pero por qué haría eso?
-No le importa. ¿Es que acaso no lo sospecha?
-Claro que no… ¿Cuánto te va a dar?
-Veinte soles –sonrisa ladeada.
-Dame esa grabación y te doy doscientos ahora mismo. –presuroso, sudado, divinamente asustado.
-Qué bien, eso me esperaba. A ver el dinero.
-¡Dios!… –saca el dinero del cajón de su escritorio. Resignado–: Ten.
-Ten –le da la grabación, impasible. Sonríe-: Hombrecito religioso –sale del cuarto.
Calle otra vez. Un transeúnte pasa y el loco, trastornado, mesías, le pide, educadísimo, casi en francés, un sencillo, un billetito, sus zapatillas son muy bonitas, mire las mías, ¿le parece justo?, ¿no le parece injusto, señor?, por favor, contaré hasta tres para que se las quite y me las entregue, si no, me veré obligado a hacer algo desagradable con usted y con su famila, sé dónde vive, perdón, su linda niñita ¿es de cinco o seis años?… así me gusta, qué amable es, gracias, hasta luego. ¡¡Un mesías!!
Empieza a llover. Los coágulos pardos sobre el cielo son absorbidos por la marea negra, techo, altura.
La paloma sucia se lava con las aguas del cielo. Se torna blanca, blanquísima, no se le puede ver directamente: deja ciego.
Echa vuelo, todo lo sabe, todo lo sabes. Yo, no.
-¡¿Mmm!? –echa una bocanada ceniza. Embaucadora, voz fuerte–: Mis doscientos soles.
-No me puedes –rostro descompuesto, ajado–, hacer esto…
-Vamos, vamos, sin dramas, dame la plata.
-¡Maldito…!
-Gracias –sonríe.
-¡Dios!… –saca el dinero de su bolsillo. Resignado–: Ten.
-Ten –le da la grabación, impasible. Sonríe-: Amiguito –se va, feliz.
El amigo del Penitente escucha la grabación:
“No volveré a cometer la torpeza
de perder la cabeza por una promesa o algo peor
que sale mejor en la foto el más sospechoso de los invitados…
eso es
irremediablemente cotidiano”
21.11.08.
Etiquetas:
Cuento teatrado,
Luis León,
Pecadores
sábado 22 de agosto de 2009
domingo 16 de agosto de 2009
2
Un hombre aparece lejos
Detrás
Antes de los umbrales
Apenas respira
Tienta avanzar, se quiebra
Tienta avanzar, cruza el portón
Y lamenta verse
Multiplicado en gente
De ser
Un
Árbol urbano.
(De Absolutamente nada)
Detrás
Antes de los umbrales
Apenas respira
Tienta avanzar, se quiebra
Tienta avanzar, cruza el portón
Y lamenta verse
Multiplicado en gente
De ser
Un
Árbol urbano.
(De Absolutamente nada)
Etiquetas:
Absolutamente nada,
Luis León,
Poemario
10
Es posible que haya surgido de la tromba
O de la ráfaga
O del volcán.
Rápido lució su instinto vivo
Reinó en las ciudades
Sin concesiones, a las personas
Perduró
Ahora decae
Siglos, años, días.
Sigilosamente retorna al volcán
O a la ráfaga
O a la tromba.
(De Absolutamente nada)
O de la ráfaga
O del volcán.
Rápido lució su instinto vivo
Reinó en las ciudades
Sin concesiones, a las personas
Perduró
Ahora decae
Siglos, años, días.
Sigilosamente retorna al volcán
O a la ráfaga
O a la tromba.
(De Absolutamente nada)
Etiquetas:
Absolutamente nada,
Luis León,
Poemario
domingo 19 de julio de 2009
lunes 15 de junio de 2009
Estado de Gracia
Inquieto muy islado ay hipodérmica
Cascadas me echas cadenas echando
Lluvia ácida a mi sangre asida de asco
Quietado mi tan poro ay anestesia.
Yacido de mí tan muertado ay dosis
Nubosa me balseas bien mecido
Con vista cegada en el seno abismo
Alzada mente ve soles ay coma.
Un ojo enterrado de sólo párpado
Besa y nada su féretro palpado
Que duerme urgente cogiendo su muere.
Un ojo manco y cojo cabecea
A la pupila abierta yerta y púrpura
Suspensa en cataclismo pensativo.
Cascadas me echas cadenas echando
Lluvia ácida a mi sangre asida de asco
Quietado mi tan poro ay anestesia.
Yacido de mí tan muertado ay dosis
Nubosa me balseas bien mecido
Con vista cegada en el seno abismo
Alzada mente ve soles ay coma.
Un ojo enterrado de sólo párpado
Besa y nada su féretro palpado
Que duerme urgente cogiendo su muere.
Un ojo manco y cojo cabecea
A la pupila abierta yerta y púrpura
Suspensa en cataclismo pensativo.
Etiquetas:
Estado de Gracia,
Luis León,
Poesía,
Soneto
lunes 25 de mayo de 2009
viernes 1 de mayo de 2009
martes 24 de marzo de 2009
qué dicha lejos...
qué dicha lejos de mi mí obscurado!
con torsión de la risa vuelta esclava
que cimba y agora sal en el labio
cosas de mar y ola en pena bravida…
qué hado en mis idénticos del espejo!
que se huyen de sí de verse matados
con vista turba la mueca en los míos
hechos lápida sin son de vivida…
qué yo de obscuro pena mi sombrado!
sin lumbre zumba la ola que sí abisma
la dicha de lo opuesto en que tan vivo…
qué yo de idéntico en mi taquicardia!
que espeja convulsión de mí cuán mí
con turbia estela de cemento muerto…
con torsión de la risa vuelta esclava
que cimba y agora sal en el labio
cosas de mar y ola en pena bravida…
qué hado en mis idénticos del espejo!
que se huyen de sí de verse matados
con vista turba la mueca en los míos
hechos lápida sin son de vivida…
qué yo de obscuro pena mi sombrado!
sin lumbre zumba la ola que sí abisma
la dicha de lo opuesto en que tan vivo…
qué yo de idéntico en mi taquicardia!
que espeja convulsión de mí cuán mí
con turbia estela de cemento muerto…
Etiquetas:
Luis León,
Poesía,
qué dicha lejos...,
Soneto
miércoles 11 de marzo de 2009
1
El agitado sobresale de mi pecho como
Convicto.
Las ambulancias surgen de mi sangre.
Estrenan ovaciones.
Los pasillos blancos me miran
Zumba el hierro
Estoy en coma.
(De Absolutmente nada)
Convicto.
Las ambulancias surgen de mi sangre.
Estrenan ovaciones.
Los pasillos blancos me miran
Zumba el hierro
Estoy en coma.
(De Absolutmente nada)
Etiquetas:
Absolutamente nada,
Luis León,
Poemario
sábado 7 de marzo de 2009
Cadáver exquisito
El indómito Centro se cobija del frío con el cálido ¡salud! de los borrachos. Las alegres faunas festejan dichas y muertes en cada esquina, en mil cuadrantes de la vereda, en todo píxel del espacio. Aquella calle es un solo de hipos. El lugar escupe bocanadas de humos diferentes. La pasta fundida ofrece espesas nieblas, barba y peluca a Quilca. Con repletas horas de noche la intermitencia de la policía no crea dificultades: ulula en semejanza a un pájaro paticojo, calvo. La luna encima de todos se perfila como una hoz, un navajazo estilizado.
puta madre! media hora esperando no van a llegar siempre fallan siempre me fallan no hay qué hacer a la mierda! me voy me como a la flaca de la esquina de mi casa y me digo feliz cumpleaños huevón un añito más más días en tu colección de minutos de oxígeno y? quién no? quién puede pensar que ha hecho algo de verdad sincero con la verdad clavada en la frente en su día? todos todos claro nadie a nadie le creo pero me estoy lamentando de la puta suerte esta que me toca igualito al año pasado qué pendejada! esperando a mil amigos para que me caigan tres miserables y ni siquiera los conocía venían a gorrear trago y ver qué había qué tal cómo estás feliz sí sí ni sabían cómo me llamaba uy chucha! esta callecita de mierda se hace honor de ser una callecita de mierda una pelea! al fin algo bueno a ver qué cabrón con un palo le va a sacar el ojo al otro ojalá! ojalá! pero el cojudazo está tan borracho que se cae y se fue a la mierda ahí toda la turba se va contra el tío ese ya pues que lo linchen un borracho muerto más tanta gente hay acá y no hace nada yo el primero el primerito claro! qué quieren? que me meta de guachimán de árbitro de huevadas!? que se saquen la mierda que se maten es mi puto cumpleaños al menos regalame eso ciudad de Lima un espectáculo con sangrecita medio fiero! sangre gritos heridas pero ni me vayan a tocar a mí carajo que los desahuevo!...
- Oe Lucho, qué haces ahí de mirón –Jaime, brusco, anunció su llegada.
- ¡Al fin!... esperando, esperando…
- Ya, ya, no te me pongas tan viuda, muy tristón.
- Y qué quieres, hace media hora quedamos, y yo hecho un poste acá parado –exaltado, increpó Lucho.
- Ya, ya, no importa, acá arreglamos. Ahí viene Tavito -. Los tres amigos se saludan.
- ¡Listo! ¿Vamos a la cantinucha de siempre o al Queirolo?
- ¿6 ó 4 lucas?... –Tavito les escruta. Se responde solo-: Cantina, cantina.
Ajados los pisos, deforme el aire, consumadas las mesas. Redondas, casi con púas, tierrosas. Un escupitajo adorna la pared, otro también. El baño en huelga, en piquete que reza clausura: se orina fuera, en la calle, apunta el letrerito. No les importa, saben cómo funciona todo allí. Agradable caos, música vil, cerveza barata; se sienten en el viejo oeste, negarles la dicha de estar en aquel claustro sería riesgoso, so pena de balazos.
- … Sí sí, se estaban peleando unos tíos que al final no se pelearon –dijo Lucho.
- Suena raro eso –Jaime puso en duda lo antes dicho.
- Sí, pero así paso.
- ¡Ah!
- Miren qué compré –Tavito, entusiasmo de buen niño ratero, les muestra un estudio sobre Adán.
- ¡Ah! ¡Mi hermano! –Lucho se arroga parentescos.
- ¿Cómo es eso que tu hermano? –pregunta Jaime.
- De claustro, de claustro…
- ¿Ya has venido medio tomado no? Ya te he dicho que no tomes solo, sabes que vendríamos, no fallabamos –entre serio y fúnebre.
- No he tomado nada, ¿quieres que te lo demuestre? Cómo hago, tú di –fingiendo borrachera, Lucho procuraba divertirse.
Piden una y última vez ocho cervezas. Para que la mesa se vea bonita, adornada con el carrusel aquel. Las traen. El viejo de ojo de vidrio les dice ¿pero no se deshielarán? Rechazan. Saben que no estarán ahí ni una hora. Sin más, el viejo calla y acata.
- … Ok, supongamos que hablamos ya de literatura, política y huvada y media, ¿tienen algo más que decir?… tenemos, tenemos…–hipa Lucho, acariciando la última botella con residuos.
- Ahhh… mira... eso de la morfina me gustó, me gustó lo que dijiste –Tavito logró empollar esa frase a pesar de su estado.
- Dije muy claramente heronía, que se obtiene a partir de la sustancia que has mencionado- casi declaró Jaime –y…– quiso seguir hilvanando el disurso, pero no pudo.
- Veo que no, no hay más ¡garçon! ¡La cuenta! –se levantó Lucho.
- Señores ya han pagado… se paga siempre adelantado- los salvó el tuerto con titubeo cachoso.
- Creo entonces que podemos decir… –dijo Lucho.
- Qué feo hablas- cabeceó Jaime.
- Ok.
Los tres amigos, hermanados por la grata coincidencia de hallarse en pleno maretazo, salieron de la cantina. No sabían en qué dirección ir. Si norte o sudeste. Se tambaelaban al son de la pesadez. Pero el diablo travestido de dios hizo sonar las campanas en el cerebro de Tavito, sufrió una revelación.
- ¡Compremos más!
- No, no, yo no soy de tomar… además… –empezó Jaime.
- Se pone violento. De ahí te jala el pelo, te araña…déjalo –dijo Lucho.
- ¡No me retes!...
- Lo estoy haciendo ¡anda!, ¿qué va a pasar? ¡No te dejes! ¡Compremos más!
- Pero no tengo plata -se excusó Jaime.
- ¿Tú?
- Vaciazo –cabizbajo, Tavito.
- No importa, yo pongo, una botellita para cada uno, ¡ladren!, ¡hablen!
- Pero, ¿botellita de qué? ¿Ron? No jodas, me voy a cruzar –terció Jaime.
- Es mi puto cumpleaños… tampoco me alcanza para más. No van a dejar que tome con cualquiera que encuentre, ¿no? Anda , ¿qué dices, Tavo?
- Le entro a todo.
- ¡Uy! –exclamó Jaime en doble sentido.
- Anda, di que sí pues –dijo Lucho.
- Ya… sólo por esta vez, sólo por esta –aceptó Jaime.
En una pequeña bodega, Lucho le hizo la conversación a la chica que atendía. Anhelaba, con tono babeante y baboso de picado, un descuento, anda no seas malita, la terminamos y regeresamos por más pero rebájame un poquito, mira, acá tengo más plata, le mostró unos billetes, si quieres de ahí nos vamos donde quieras, los dejo en sus casas y, le mostró otra vez los mismos billetes. Ella negó rotundamente. Tuvo que pagar lo debido y más, en ese estado no pudo contar bien. Sus dos amigos lo apuraban para que esa escena tan bochornosa concluyera.
Caminaban. La conversacion se enrarecía. Los temas cambiaban en tumbos bravos, en cada bofetón de aire. A cada paso un par de palabras, a cada cuadra un sorbo, hazla lenta, huevón, ¿de ahí cómo la vamos a seguir? ¿Con qué?... No, no, no, no importa, ya estamos acabando vamos por una tienda más, puta madre, acá tengo plata… no jo… das pues…
- Hola, buenas… ¿tiene más ron? –dijo Lucho, reprimiendo una sonrisa.
- ¿Más? Hijo, ¿quiere ron? Recien viene para acá para la tienda –contestó la señora.
- ¿Tiene ron? –insistió, ya sonriendo, Lucho.
- Así, así está bien, habla casi nada, sólo pide, de ahí llaman a la tombería, la KGB, los Federales nos sueltan a los pitbulls y… ¡Y por fin! ¡Cadáveres!- deliraba, bajito, Jaime.
- ¿Cadáveres?... –preguntó al aire, más bajito, Tavito.
- Sí hay. ¿Botella grande?, ¿para usted y sus amigos?...
- ¿Cadáver?... Sí, sí, ¿cuánto está?
- 15 soles –dijo la señora.
- ¡Bien!, ¡bien! Págale al toque para irnos, ¿esuchan? Creo que es un helicóptero que….–continuaba Jaime– ¡Sí, cadáveres! ¡Lindos, deliciosos, exquisitos cadáveres! ¡Eso seremos si seguimos aquí!
- Gracias –le pagó a la señora. Se fueron.
Caminaron desentendidos. Los pasos lentos, uno saltaba de vez en vez, el otro se perfilaba a patear un bulto. Tavito insistia en tomar y reventar en esa misma esquina. Jaime, con la cabeza, no, no, muchachos, ¿creen que nos vamos a tomar todo eso? ¡No quiero terminar calato, choreado, en la cárcel!... o decapitar a una linda chica y poner su cabeza en mi refrigerador. Rió. Eso último no lo escucharon sus compañeros de ruta. Los gritos, los insultos, los chistes se detenían a medio camino para convertirse en breves explosiones de euforia, en risa general. Seguían tomando, sin parar, ya va media botella.
- Alguien habló de muertos, ¿no? –comentó Lucho.
- Sí... –respondió Tavito.
- No, de cadáveres –corrigió Jaime.
- ¡Sí! Entonces hagamos, que les parece si… –intentaba proponer Lucho.
- Eran cadáveres, oigan –reclamaba Jaime.
- ¿Cadáveres?... ¡Mejor! Hagamos un cadáver exquisito –propuso.
- ¡Un gran poema escrito a tres manos! –exclamó con las dos manos al cielo, Tavito.
- Sí, será divertido, pero sigamos tomando –sentenció Lucho.
Con los labios rajados, las miradas cual mosaico de vidrio y el andar andado de alguien que sufriera algun mal en la espalda, llegaron a un parque.
- No pues, pónganse mejor. De ahí nos saca la policía, la cosa es estar tranquilos, saco el papel y empezamos con eso de esrcibir –se quejaba el del cumpleaños.
Los tres se dejaron caer. Aunque silencoso, Tavito mostraba mayores signos de ebriedad. La cara fulmina de rojo. Casi llorando, se metía el vasito hasta el esófago. Cada tres minutos tenía que escupir o vomitar brotes pequeños. Se aferraba a su mochila.
- ¡Ya! Acá tengo papel. dos lapiceros…y un lápiz –dijo Lucho.
- Oye, ya, ya pues, ¿ya, no? –se quejó Jaime.
- ¿Ya qué?
- Deja descansar un rato, nos hemos acabado toda la botella…
- No, queda todavía... vamos a tomar…
- ¡No jodas!
- Es mi cumpleaños, tú no jodas. ¿Qué dices?
- Claro… claro… clarinetes –respondió Tavito.
Lucho sacó lo que quedaba de la botella. Sirvió los dos vasos e hizo creer que estaba tomando de pico.
si me pongo a tomar termino peor que estos dos no no no ya me ha pasado ni hablar mañana tengo que salir temprano perro de mierda no ladres! claro si tomo qué me va a pasar? ya sabes ya sabes ni te lo preguntes como si no me conociera la cárcel cárcel otra vez otra vez no ahora? mira pues mi cadáver exqui exquisito y a casita pero que tomen ellos sí de ahí no me sale ningún verso y quedo como cojudo viendo la hoja en blanco con dos versos de ellos y de ahí yo? me copiaría de una película canción y no se darían cuenta qué se van a dar cuenta! pero es trampa la vaina es que sí soy tramposo pero no no no en esto no ya estoy sanito ya me siento mejor tranquilo tranquilito perro de mierda lárgate! sí ya yo escupiendo lo que tomo y ellos solitos me piden la botella claro claro aquí hay más…
Pasaron 15 minutos, quiso despejarse, Lucho tenía la manija en esta ocasión.
- Ya, empecemos… ya no hay trago.
- Ya no hay, mejor –resopló Jaime.
- Escribe… ¿empiezo? Ok: “la nube se tragó un coktail de cielos…”, te toca –dijo Lucho.
- ¡Qué rico verso!... “pero alguien le cortó su garganta a la nube y los cielos…”
- ¿"Escaparon"? ¡Qué pendejo! ¡No contaba con esa!... “¡colmar el mundo de oécanos, clamó uno!”
- Medio Génesis sonó eso, medio cristiano, no me huevees- amonestó Jaime. Ambos rieron.
- “Otro dijo, de plasma el mundo, de mercurio, jamás de océanos!”
- Sí, sí, ni hablar, ahora el ángel caído… Muy biblia está esto. Dame. Empecemos otra vez… –dijo Jaime mientras rompía la hoja.
El parque estaba silencioso. Sólo las dos risas de los amigos incomodaban a los pájaros con sus inicios de trinos. Un significtivo rayo de sol, una oleada de él se dejó ver en la cúpula de la iglesia. Nadie se había dado cuenta que Tavito había convulsionado. No respira. Murió.
- Tengo hambre.
- Yo también, me duele un montón la cabeza, pero puedo... –Jaime trató de incorporarse. No pudo– No, me quedo aquí hasta que.. me pueda sostener solo…
- Tengo hambre, anda dile a Tavo algo, se ha quedado seco, y no ha hecho este poemón con nosotros…
Jaime lo zarandeó fuerte, luego sólo lo movió. Duerme, duerme, sigue...
- Trae su mochila, a ver qué tiene –Lucho la recibe. Revisa algo desesperado– Mmm… ¡Hay galletas, chocolates!
- Pasa, pasa, juégate uno.
- Toma… Fue una buena noche...
- Tu cumpleaños, huevón… aunque nadie te saludó, ¿no?
- Sí, no importa. Estuvo bien, pero... pero no recuerdo que hayamos hecho nada… debe ser la borrachera…
- … Qué rico este choolate, ¿lo has probado? Es nuevo… es riquísimo, una delicia, ¡exquisí.!
- ¡Esta galleta es un asco!
puta madre! media hora esperando no van a llegar siempre fallan siempre me fallan no hay qué hacer a la mierda! me voy me como a la flaca de la esquina de mi casa y me digo feliz cumpleaños huevón un añito más más días en tu colección de minutos de oxígeno y? quién no? quién puede pensar que ha hecho algo de verdad sincero con la verdad clavada en la frente en su día? todos todos claro nadie a nadie le creo pero me estoy lamentando de la puta suerte esta que me toca igualito al año pasado qué pendejada! esperando a mil amigos para que me caigan tres miserables y ni siquiera los conocía venían a gorrear trago y ver qué había qué tal cómo estás feliz sí sí ni sabían cómo me llamaba uy chucha! esta callecita de mierda se hace honor de ser una callecita de mierda una pelea! al fin algo bueno a ver qué cabrón con un palo le va a sacar el ojo al otro ojalá! ojalá! pero el cojudazo está tan borracho que se cae y se fue a la mierda ahí toda la turba se va contra el tío ese ya pues que lo linchen un borracho muerto más tanta gente hay acá y no hace nada yo el primero el primerito claro! qué quieren? que me meta de guachimán de árbitro de huevadas!? que se saquen la mierda que se maten es mi puto cumpleaños al menos regalame eso ciudad de Lima un espectáculo con sangrecita medio fiero! sangre gritos heridas pero ni me vayan a tocar a mí carajo que los desahuevo!...
- Oe Lucho, qué haces ahí de mirón –Jaime, brusco, anunció su llegada.
- ¡Al fin!... esperando, esperando…
- Ya, ya, no te me pongas tan viuda, muy tristón.
- Y qué quieres, hace media hora quedamos, y yo hecho un poste acá parado –exaltado, increpó Lucho.
- Ya, ya, no importa, acá arreglamos. Ahí viene Tavito -. Los tres amigos se saludan.
- ¡Listo! ¿Vamos a la cantinucha de siempre o al Queirolo?
- ¿6 ó 4 lucas?... –Tavito les escruta. Se responde solo-: Cantina, cantina.
Ajados los pisos, deforme el aire, consumadas las mesas. Redondas, casi con púas, tierrosas. Un escupitajo adorna la pared, otro también. El baño en huelga, en piquete que reza clausura: se orina fuera, en la calle, apunta el letrerito. No les importa, saben cómo funciona todo allí. Agradable caos, música vil, cerveza barata; se sienten en el viejo oeste, negarles la dicha de estar en aquel claustro sería riesgoso, so pena de balazos.
- … Sí sí, se estaban peleando unos tíos que al final no se pelearon –dijo Lucho.
- Suena raro eso –Jaime puso en duda lo antes dicho.
- Sí, pero así paso.
- ¡Ah!
- Miren qué compré –Tavito, entusiasmo de buen niño ratero, les muestra un estudio sobre Adán.
- ¡Ah! ¡Mi hermano! –Lucho se arroga parentescos.
- ¿Cómo es eso que tu hermano? –pregunta Jaime.
- De claustro, de claustro…
- ¿Ya has venido medio tomado no? Ya te he dicho que no tomes solo, sabes que vendríamos, no fallabamos –entre serio y fúnebre.
- No he tomado nada, ¿quieres que te lo demuestre? Cómo hago, tú di –fingiendo borrachera, Lucho procuraba divertirse.
Piden una y última vez ocho cervezas. Para que la mesa se vea bonita, adornada con el carrusel aquel. Las traen. El viejo de ojo de vidrio les dice ¿pero no se deshielarán? Rechazan. Saben que no estarán ahí ni una hora. Sin más, el viejo calla y acata.
- … Ok, supongamos que hablamos ya de literatura, política y huvada y media, ¿tienen algo más que decir?… tenemos, tenemos…–hipa Lucho, acariciando la última botella con residuos.
- Ahhh… mira... eso de la morfina me gustó, me gustó lo que dijiste –Tavito logró empollar esa frase a pesar de su estado.
- Dije muy claramente heronía, que se obtiene a partir de la sustancia que has mencionado- casi declaró Jaime –y…– quiso seguir hilvanando el disurso, pero no pudo.
- Veo que no, no hay más ¡garçon! ¡La cuenta! –se levantó Lucho.
- Señores ya han pagado… se paga siempre adelantado- los salvó el tuerto con titubeo cachoso.
- Creo entonces que podemos decir… –dijo Lucho.
- Qué feo hablas- cabeceó Jaime.
- Ok.
Los tres amigos, hermanados por la grata coincidencia de hallarse en pleno maretazo, salieron de la cantina. No sabían en qué dirección ir. Si norte o sudeste. Se tambaelaban al son de la pesadez. Pero el diablo travestido de dios hizo sonar las campanas en el cerebro de Tavito, sufrió una revelación.
- ¡Compremos más!
- No, no, yo no soy de tomar… además… –empezó Jaime.
- Se pone violento. De ahí te jala el pelo, te araña…déjalo –dijo Lucho.
- ¡No me retes!...
- Lo estoy haciendo ¡anda!, ¿qué va a pasar? ¡No te dejes! ¡Compremos más!
- Pero no tengo plata -se excusó Jaime.
- ¿Tú?
- Vaciazo –cabizbajo, Tavito.
- No importa, yo pongo, una botellita para cada uno, ¡ladren!, ¡hablen!
- Pero, ¿botellita de qué? ¿Ron? No jodas, me voy a cruzar –terció Jaime.
- Es mi puto cumpleaños… tampoco me alcanza para más. No van a dejar que tome con cualquiera que encuentre, ¿no? Anda , ¿qué dices, Tavo?
- Le entro a todo.
- ¡Uy! –exclamó Jaime en doble sentido.
- Anda, di que sí pues –dijo Lucho.
- Ya… sólo por esta vez, sólo por esta –aceptó Jaime.
En una pequeña bodega, Lucho le hizo la conversación a la chica que atendía. Anhelaba, con tono babeante y baboso de picado, un descuento, anda no seas malita, la terminamos y regeresamos por más pero rebájame un poquito, mira, acá tengo más plata, le mostró unos billetes, si quieres de ahí nos vamos donde quieras, los dejo en sus casas y, le mostró otra vez los mismos billetes. Ella negó rotundamente. Tuvo que pagar lo debido y más, en ese estado no pudo contar bien. Sus dos amigos lo apuraban para que esa escena tan bochornosa concluyera.
Caminaban. La conversacion se enrarecía. Los temas cambiaban en tumbos bravos, en cada bofetón de aire. A cada paso un par de palabras, a cada cuadra un sorbo, hazla lenta, huevón, ¿de ahí cómo la vamos a seguir? ¿Con qué?... No, no, no, no importa, ya estamos acabando vamos por una tienda más, puta madre, acá tengo plata… no jo… das pues…
- Hola, buenas… ¿tiene más ron? –dijo Lucho, reprimiendo una sonrisa.
- ¿Más? Hijo, ¿quiere ron? Recien viene para acá para la tienda –contestó la señora.
- ¿Tiene ron? –insistió, ya sonriendo, Lucho.
- Así, así está bien, habla casi nada, sólo pide, de ahí llaman a la tombería, la KGB, los Federales nos sueltan a los pitbulls y… ¡Y por fin! ¡Cadáveres!- deliraba, bajito, Jaime.
- ¿Cadáveres?... –preguntó al aire, más bajito, Tavito.
- Sí hay. ¿Botella grande?, ¿para usted y sus amigos?...
- ¿Cadáver?... Sí, sí, ¿cuánto está?
- 15 soles –dijo la señora.
- ¡Bien!, ¡bien! Págale al toque para irnos, ¿esuchan? Creo que es un helicóptero que….–continuaba Jaime– ¡Sí, cadáveres! ¡Lindos, deliciosos, exquisitos cadáveres! ¡Eso seremos si seguimos aquí!
- Gracias –le pagó a la señora. Se fueron.
Caminaron desentendidos. Los pasos lentos, uno saltaba de vez en vez, el otro se perfilaba a patear un bulto. Tavito insistia en tomar y reventar en esa misma esquina. Jaime, con la cabeza, no, no, muchachos, ¿creen que nos vamos a tomar todo eso? ¡No quiero terminar calato, choreado, en la cárcel!... o decapitar a una linda chica y poner su cabeza en mi refrigerador. Rió. Eso último no lo escucharon sus compañeros de ruta. Los gritos, los insultos, los chistes se detenían a medio camino para convertirse en breves explosiones de euforia, en risa general. Seguían tomando, sin parar, ya va media botella.
- Alguien habló de muertos, ¿no? –comentó Lucho.
- Sí... –respondió Tavito.
- No, de cadáveres –corrigió Jaime.
- ¡Sí! Entonces hagamos, que les parece si… –intentaba proponer Lucho.
- Eran cadáveres, oigan –reclamaba Jaime.
- ¿Cadáveres?... ¡Mejor! Hagamos un cadáver exquisito –propuso.
- ¡Un gran poema escrito a tres manos! –exclamó con las dos manos al cielo, Tavito.
- Sí, será divertido, pero sigamos tomando –sentenció Lucho.
Con los labios rajados, las miradas cual mosaico de vidrio y el andar andado de alguien que sufriera algun mal en la espalda, llegaron a un parque.
- No pues, pónganse mejor. De ahí nos saca la policía, la cosa es estar tranquilos, saco el papel y empezamos con eso de esrcibir –se quejaba el del cumpleaños.
Los tres se dejaron caer. Aunque silencoso, Tavito mostraba mayores signos de ebriedad. La cara fulmina de rojo. Casi llorando, se metía el vasito hasta el esófago. Cada tres minutos tenía que escupir o vomitar brotes pequeños. Se aferraba a su mochila.
- ¡Ya! Acá tengo papel. dos lapiceros…y un lápiz –dijo Lucho.
- Oye, ya, ya pues, ¿ya, no? –se quejó Jaime.
- ¿Ya qué?
- Deja descansar un rato, nos hemos acabado toda la botella…
- No, queda todavía... vamos a tomar…
- ¡No jodas!
- Es mi cumpleaños, tú no jodas. ¿Qué dices?
- Claro… claro… clarinetes –respondió Tavito.
Lucho sacó lo que quedaba de la botella. Sirvió los dos vasos e hizo creer que estaba tomando de pico.
si me pongo a tomar termino peor que estos dos no no no ya me ha pasado ni hablar mañana tengo que salir temprano perro de mierda no ladres! claro si tomo qué me va a pasar? ya sabes ya sabes ni te lo preguntes como si no me conociera la cárcel cárcel otra vez otra vez no ahora? mira pues mi cadáver exqui exquisito y a casita pero que tomen ellos sí de ahí no me sale ningún verso y quedo como cojudo viendo la hoja en blanco con dos versos de ellos y de ahí yo? me copiaría de una película canción y no se darían cuenta qué se van a dar cuenta! pero es trampa la vaina es que sí soy tramposo pero no no no en esto no ya estoy sanito ya me siento mejor tranquilo tranquilito perro de mierda lárgate! sí ya yo escupiendo lo que tomo y ellos solitos me piden la botella claro claro aquí hay más…
Pasaron 15 minutos, quiso despejarse, Lucho tenía la manija en esta ocasión.
- Ya, empecemos… ya no hay trago.
- Ya no hay, mejor –resopló Jaime.
- Escribe… ¿empiezo? Ok: “la nube se tragó un coktail de cielos…”, te toca –dijo Lucho.
- ¡Qué rico verso!... “pero alguien le cortó su garganta a la nube y los cielos…”
- ¿"Escaparon"? ¡Qué pendejo! ¡No contaba con esa!... “¡colmar el mundo de oécanos, clamó uno!”
- Medio Génesis sonó eso, medio cristiano, no me huevees- amonestó Jaime. Ambos rieron.
- “Otro dijo, de plasma el mundo, de mercurio, jamás de océanos!”
- Sí, sí, ni hablar, ahora el ángel caído… Muy biblia está esto. Dame. Empecemos otra vez… –dijo Jaime mientras rompía la hoja.
El parque estaba silencioso. Sólo las dos risas de los amigos incomodaban a los pájaros con sus inicios de trinos. Un significtivo rayo de sol, una oleada de él se dejó ver en la cúpula de la iglesia. Nadie se había dado cuenta que Tavito había convulsionado. No respira. Murió.
- Tengo hambre.
- Yo también, me duele un montón la cabeza, pero puedo... –Jaime trató de incorporarse. No pudo– No, me quedo aquí hasta que.. me pueda sostener solo…
- Tengo hambre, anda dile a Tavo algo, se ha quedado seco, y no ha hecho este poemón con nosotros…
Jaime lo zarandeó fuerte, luego sólo lo movió. Duerme, duerme, sigue...
- Trae su mochila, a ver qué tiene –Lucho la recibe. Revisa algo desesperado– Mmm… ¡Hay galletas, chocolates!
- Pasa, pasa, juégate uno.
- Toma… Fue una buena noche...
- Tu cumpleaños, huevón… aunque nadie te saludó, ¿no?
- Sí, no importa. Estuvo bien, pero... pero no recuerdo que hayamos hecho nada… debe ser la borrachera…
- … Qué rico este choolate, ¿lo has probado? Es nuevo… es riquísimo, una delicia, ¡exquisí.!
- ¡Esta galleta es un asco!
Etiquetas:
Luis León,
No es un cuento,
Sucesión de hechos
domingo 22 de febrero de 2009
26
No conozco otras periferias.
Así
¿Hacia dónde?
Cautiva el callejón ofreciéndose.
Esto es conocido.
No sé de otros lados aun más.
(De Absolutamente nada)
Así
¿Hacia dónde?
Cautiva el callejón ofreciéndose.
Esto es conocido.
No sé de otros lados aun más.
(De Absolutamente nada)
Etiquetas:
Absolutamente nada,
Luis León,
Poemario
6
Allá
Se transita y no.
Se pregunta todo y
Resbalan
Respuestas
Todas colaterales.
Allá se baila muchísimo
Y no.
(De Absolutamente nada)
Se transita y no.
Se pregunta todo y
Resbalan
Respuestas
Todas colaterales.
Allá se baila muchísimo
Y no.
(De Absolutamente nada)
Etiquetas:
Absolutamente nada,
Luis León,
Poemario
Desfloración
De alarde y luces el tiempo luce la cabeza…
el cabello en jirón cual éxtasis comatoso
estremece al cielo y ponzoña al querubín que
adivina entre las nubes aquel bucle que arde.
Ella, un pétalo y rosa desprende, palpa y besa
del busto verde que tan arbusto es oloroso
en cascadas de bermejo ella habita, y él ve
ese bucle que le inquieta el albor y la tarde.
Contenía en el canasto la flor y corola
brincando con desliz o risa, y mucho de canto
que vibrataba al viento con tumbo delicioso.
¿Y el Alado tan herido por turbación de ola?
con divina calma su paciencia trocó en llanto:
Bajó, y subió con el bucle, todo ruboroso.
el cabello en jirón cual éxtasis comatoso
estremece al cielo y ponzoña al querubín que
adivina entre las nubes aquel bucle que arde.
Ella, un pétalo y rosa desprende, palpa y besa
del busto verde que tan arbusto es oloroso
en cascadas de bermejo ella habita, y él ve
ese bucle que le inquieta el albor y la tarde.
Contenía en el canasto la flor y corola
brincando con desliz o risa, y mucho de canto
que vibrataba al viento con tumbo delicioso.
¿Y el Alado tan herido por turbación de ola?
con divina calma su paciencia trocó en llanto:
Bajó, y subió con el bucle, todo ruboroso.
Etiquetas:
Desfloración,
Luis León,
Poesía,
Soneto
lunes 16 de febrero de 2009
PAZ
Bravía y turquesa la mar se comba
inclinada la ola en venia coteja
la espesura de la espuma callente
el manantial es turbión que se abisma.
Caliente de brasas el volcán hipa
solloza desespero puertas de humo
vuela ceniza tocando la nube
deviniendo altares de tempestad.
En eco el sol brilla un duro color
callado y cantando su rizo espeso
va encantado de su luna escondida.
El viento riega la mar vulcanada
que reviste al sol de luna callándolo:
Un ave marfilado trina en mi hombro.
inclinada la ola en venia coteja
la espesura de la espuma callente
el manantial es turbión que se abisma.
Caliente de brasas el volcán hipa
solloza desespero puertas de humo
vuela ceniza tocando la nube
deviniendo altares de tempestad.
En eco el sol brilla un duro color
callado y cantando su rizo espeso
va encantado de su luna escondida.
El viento riega la mar vulcanada
que reviste al sol de luna callándolo:
Un ave marfilado trina en mi hombro.
domingo 15 de febrero de 2009
Fantasía *
a Martín Meza, Estrellado
De una atmósfera colmada en prodigios
la espiral trayectoria de la estela
despliega sonda que en nube querella
caos que ondea los periplos;
de olas que nadan ficciones de mares
en tumbos embrumados sin farola
desploma un aguacero crueles loas:
vara en abisal de corales.
En el pasmo de prodigios se esboza
el son de una sonrisa vuelta toda
estela queda de espiral.
Acaba ya disuelto el Estrellado
viendo en olas tumbo y algo de nao
Fantasía que estuvo y va.
* El título del soneto puede ser modificado a De Fantasía
De una atmósfera colmada en prodigios
la espiral trayectoria de la estela
despliega sonda que en nube querella
caos que ondea los periplos;
de olas que nadan ficciones de mares
en tumbos embrumados sin farola
desploma un aguacero crueles loas:
vara en abisal de corales.
En el pasmo de prodigios se esboza
el son de una sonrisa vuelta toda
estela queda de espiral.
Acaba ya disuelto el Estrellado
viendo en olas tumbo y algo de nao
Fantasía que estuvo y va.
* El título del soneto puede ser modificado a De Fantasía
jueves 12 de febrero de 2009
46
Siempre láudano
¡Salud!
Tanteando la dicha
¡Salud!
Otra vez dilema.
(De Absolutamente nada)
¡Salud!
Tanteando la dicha
¡Salud!
Otra vez dilema.
(De Absolutamente nada)
Etiquetas:
Absolutamente nada,
Luis León,
Poemario
martes 10 de febrero de 2009
Veinticinco
Rodaron y caen los cinco lastres
de volutas y gravedad de azul
envueltos en cuánta estraza y vividas
sombras que ríen con perfil de fuego.
Tentados de nube suben los lustros
y miran a fuerza de tanto exclamo
esa pieza como danza que pisan
los vientos calados del torbellino.
Liados van arriba cómo descienden
enmarañados en abisal alto
fingen sus cielos en algún terreno.
En la balanza un lastre suma lustros
y baila los vaivenes que sostienen
esos tan aquellos trastos de mármol.
de volutas y gravedad de azul
envueltos en cuánta estraza y vividas
sombras que ríen con perfil de fuego.
Tentados de nube suben los lustros
y miran a fuerza de tanto exclamo
esa pieza como danza que pisan
los vientos calados del torbellino.
Liados van arriba cómo descienden
enmarañados en abisal alto
fingen sus cielos en algún terreno.
En la balanza un lastre suma lustros
y baila los vaivenes que sostienen
esos tan aquellos trastos de mármol.
Etiquetas:
Luis León,
Poesía,
Soneto,
Veinticinco
lunes 9 de febrero de 2009
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


